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    Home»More»Environment & Climate»Empoderando a las comunidades guatemaltecas afectadas por el plástico
    Environment & Climate

    Empoderando a las comunidades guatemaltecas afectadas por el plástico

    AdminBy AdminAugust 27, 2026No Comments22 Mins Read0 Views
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    Read this article in English.

    Esta historia cuenta con el apoyo del Centro Pulitzer.

    JALAPA, Guatemala—En una tarde calurosa y bochornosa, en el pequeño pueblo montañoso de El Duraznal, Soila Elizabeth Cruz recogía basura plástica atrapada en la tierra debajo de una cerca con alambre de púas, mientras los camiones pasaban zumbando. La comunidad se reúne cada tres a cinco meses para recolectar los desechos ubicuos, dijo Cruz en español mientras arrojaba botellas de plástico destruidas y envoltorios en una gran bolsa de basura. 

    “Estamos haciendo esto como comunidad, así se ve limpio y organizado”, dijo Cruz, conocida como Betty. Aprendió sobre los beneficios de reducir el uso y el desperdicio de plástico a través de Ecolectivos, un proyecto dirigido por investigadores estadounidenses y guatemaltecos que estudian cómo la quema de plástico afecta la salud de mujeres y niños en las montañas de Santa María Xalapán.

    El proyecto, codirigido por Lisa Thompson, de la Universidad de California, San Francisco, y Eri Saikawa, de la Universidad de Emory, organizó talleres para ayudar a habitantes de comunidades rurales xincas a identificar planes viables a largo plazo para reducir los desechos y la combustión de plásticos.

    Cruz y otras mujeres de su comunidad, situada a unos 20 minutos de la ciudad de Jalapa, participaron durante meses en talleres en los que decidieron adoptar la limpieza comunitaria como estrategia para reducir el plástico. Las mujeres eligieron a la carismática Cruz, madre de tres hijos, cuyo cabello negro trenzado fluye de una gorra de béisbol fucsia con lunares blancos, como “promotora” (líder en salud ambiental) para supervisar el plan.

    “Los talleres nos motivaron a unirnos como comunidad”, afirmó Cruz, quien está decidida a liberar a su pueblo del plástico. “Ahora nos motivamos mutuamente para no quemar plástico y reducir su consumo”.

    Cruz se encuentra en la primera línea de una crisis mundial de contaminación por plásticos, generada por la producción desmesurada de materiales derivados del petróleo que contienen sustancias químicas tóxicas y no pueden reciclarse ni gestionarse de manera sostenible.

    Soila Elizabeth Cruz es promotora de salud del proyecto Ecolectivos en las montañas de Santa María Xalapán.
    Soila Elizabeth Cruz es promotora de salud del proyecto Ecolectivos en las montañas de Santa María Xalapán.

    Los fabricantes de plásticos han producido cientos de millones de toneladas de este material al año durante décadas. Al principio promocionaban los productos desechables de un solo uso como algo que le facilitaría la vida a la gente. Después, a medida que aumentaba la preocupación por la contaminación por plástico, los fabricantes promovieron el reciclaje como solución a la creciente crisis de desechos, aunque apenas el 9 por ciento del plástico producido ha sido reciclado.

    Las consecuencias de este fracaso son especialmente graves en Guatemala, país que tiene una capacidad limitada para gestionar los residuos, aun cuando importa cantidades crecientes tanto de productos plásticos como de desechos plásticos.

    Durante la última década, Guatemala importó más de 1,2 millones de toneladas de artículos de plástico para el hogar, mientras que la cantidad de productos procedentes de China casi se triplicó desde 2016, según reveló un análisis de Inside Climate News basado en datos comerciales de las Naciones Unidas. En el centro de Jalapa actualmente hay varias tiendas dedicadas a la venta de artículos de plástico de origen chino. Los fuertes olores de las sustancias químicas que se desprenden de los plásticos impregnan los pasillos de una tienda llamada “Super China”, donde las estanterías están abarrotadas de botellas de agua, loncheras, juguetes, baratijas y otros artículos de plástico fabricados en serie, la mayoría de ellos envueltos en plástico.

    Las estanterías rebosan de productos de plástico, en su mayoría importados de China, en el Super China Market de Jalapa, Guatemala.
    Las estanterías rebosan de productos de plástico, en su mayoría importados de China, en el Super China Market de Jalapa, Guatemala.

    Guatemala también está importando cantidades crecientes de residuos plásticos, que son difíciles de reciclar, según un estudio reciente publicado en Environmental Research Letters. Según indican los autores, la abundancia de plásticos desechados en un país con un manejo de residuos deficiente ha convertido a Guatemala en uno de los principales focos de contaminación por plásticos en América Latina.

    Los residuos plásticos obstruyen los ríos y se deslizan por las laderas durante las fuertes lluvias. El río Motagua, que fluye al norte de Jalapa, se ha convertido en uno de los ríos más contaminados por plástico del mundo.

    En un país donde más de la mitad de la población vive en la pobreza, la mayoría de las personas carecen de acceso a servicios de recolección de basura, sobre todo en áreas rurales como El Duraznal, donde vive Cruz. Casi tres cuartas partes de los hogares en las zonas rurales de Guatemala queman sus desechos, incluidos los plásticos.

    Los registros de contaminación del aire y de emisiones de gases de efecto invernadero no contabilizan las emisiones derivadas de la quema de residuos plásticos. Pero un estudio de 2023, dirigido por Saikawa, del proyecto Ecolectivos, estimó que la quema de desechos plásticos en toda Guatemala, incluidas las montañas de Xalapán, podría provocar “aumentos notables” en las emisiones.

    Eri Saikawa, de la Universidad Emory, en la oficina de Ecolectivos en las montañas de Xalapán.
    Eri Saikawa, de la Universidad Emory, en la oficina de Ecolectivos en las montañas de Xalapán.
    Una fogata quema basura, en su mayoría de plástico, cerca de la oficina de Ecolectivos en La Fuente.
    Una fogata quema basura, en su mayoría de plástico, cerca de la oficina de Ecolectivos en La Fuente.

    Los resultados son preocupantes, pero también sugieren que se trata de un problema que tiene solución, dijo Saikawa. “Simplemente creando acceso a la recolección de basura, podríamos mitigar esas emisiones y mejorar la salud humana y la del ecosistema”, dijo.

    Muchos guatemaltecos queman basura plástica para encender o avivar el fuego con el que cocinan y para manejar el flujo constante de residuos, sin saber que esos desechos liberan una mezcla nociva de microplásticos, cancerígenos, disruptores endocrinos y otras sustancias químicas tóxicas que alteran el desarrollo del cerebro y del sistema nervioso, así como el funcionamiento de los sistemas hormonal y reproductivo. 

    Antes de que Cruz conociera a Thompson y a su equipo, tiraba envases de plástico al fuego de su cocina y quemaba basura de plástico cerca de su casa con frecuencia. El humo le irritaba los ojos, le quemaba la garganta y le causaba fuertes dolores de cabeza. 

    Cuando Cruz supo que unos investigadores querían ayudar a comunidades como la suya a encontrar formas de dejar de quemar plástico, no dudó en aprovechar la oportunidad de participar.

    “Nos dimos cuenta de que las bolsas de plástico se usan solo una vez y luego las tiramos”, dijo Cruz. Así que las cambió por bolsas de arpillera y canastas, que se pueden usar una y otra vez.

    “Es muy emocionante saber que podemos contribuir a la sociedad haciendo pequeños cambios”, dijo Cruz.

    Por eso ella y muchos de sus vecinos se ofrecen voluntariamente para limpiar su comunidad. “Ganamos nuestra salud”, dijo. “¿Qué podría ser mejor?”

    Una amenaza insidiosa en el hogar 

    Lisa Thompson ha estado estudiando cómo la contaminación del aire doméstico afecta la salud desde que, como enfermera especializada, visitaba a niños con asma en el este de la bahía de San Francisco en la década de 1990. La experiencia la inspiró a continuar con estudios de posgrado en el programa de salud ambiental de la Universidad de California, Berkeley, donde comenzó una colaboración de décadas con el fallecido Kirk Smith, a quien llama el padrino de la investigación sobre la contaminación del aire interior.

    Smith fue uno de los primeros en documentar los riesgos para la salud asociados a las estufas o cocinas que generan humo en los países en desarrollo. También fue un pionero en el uso de sensores de partículas discretos y de bajo costo para documentar la exposición al aire en países de bajos ingresos, dijo Thompson, ahora profesora en el Departamento de Enfermería de Atención Médica Familiar de la Universidad de California, San Francisco.

    Las mujeres y los niños menores de 5 años son particularmente vulnerables a la contaminación del aire en los hogares porque pasan mucho tiempo en la cocina. La contaminación por cocinar con combustibles sólidos, como la madera, es una de las principales causas de muerte en mujeres en edad reproductiva, daña el desarrollo fetal y aumenta el riesgo de infecciones respiratorias, entre otros problemas de salud.

    Lisa Thompson (a la derecha) se pone al día con Soila Elizabeth Cruz.
    Lisa Thompson (a la derecha) se pone al día con Soila Elizabeth Cruz.

    En Guatemala, el 95 por ciento de los hogares rurales cocina con leña.

    Cuando Thompson comenzó en UC Berkeley, Smith acababa de recibir fondos para investigar si al reemplazar las estufas de fuego abierto o a leña por estufas cerradas más seguras se podría reducir la neumonía en los niños guatemaltecos. Thompson, que habla español con fluidez, participó en el primer ensayo controlado aleatorizado para estudiar los efectos de la contaminación del aire interior sobre la salud.

    Aunque el uso de estufas cerradas no disminuyó la incidencia de neumonía, uno de los estudios demostró que sí redujo significativamente la neumonía grave.

    Iniciativas similares para mejorar la salud de mujeres y niños mediante el uso de combustibles más limpios para cocinar también han tenido resultados dispares, probablemente debido a otros factores que complican la situación. Es posible que los combustibles más limpios no hayan mejorado la calidad del aire lo suficiente como para generar beneficios claros para la salud, o que la contaminación atmosférica exterior haya contrarrestado las reducciones logradas en el interior de las viviendas.

    “Pero la razón principal por la que los estudios encuentran efectos contradictorios en la salud —dijo Thompson— probablemente se deba a otros factores no medidos que eclipsan el impacto de la intervención con las estufas, tales como la pobreza, el estado nutricional y el acceso a la atención médica”.

    Thompson lanzó Ecolectivos —un proyecto colaborativo entre investigadores de la Universidad del Valle de Guatemala (UVG), la Universidad Emory y la UCSF— luego de ver un par de sandalias de plástico viejas en una hoguera al aire libre donde alguien cocinaba alimento para sus cerdos, en el altiplano guatemalteco. Es el primer proyecto de investigación que evalúa si los cambios estratégicos en el comportamiento —analizados mediante la asignación aleatoria de pueblos a grupos de control o de intervención— pueden reducir la exposición a los derivados de la combustión de plásticos en mujeres en edad reproductiva.

    Como parte del estudio de cinco años, el equipo distribuyó delantales con monitores de aire del tamaño de un teléfono celular plegable entre cientos de mujeres en 16 comunidades rurales de Santa María Xalapán. Las mujeres usan los delantales durante el día y los colocan junto a sus camas por la noche, lo que permite que los filtros de los monitores atrapen sustancias dañinas, como partículas finas de hollín y carbono negro, durante 24 horas.

    El personal de campo recupera los monitores al día siguiente, junto con muestras de orina que un laboratorio de Emory analiza en busca de biomarcadores asociados a la quema de plástico. El equipo también formula a las mujeres una serie de preguntas sobre sus hábitos de cocción, tanto al inicio del estudio como después de las intervenciones para reducir la quema de plástico.

    Abdías Misael Ramírez Méndez, del proyecto Ecolectivos, retira el filtro de un monitor de aire utilizado en el estudio.
    Abdías Misael Ramírez Méndez, del proyecto Ecolectivos, retira el filtro de un monitor de aire utilizado en el estudio.
    Rosalbina Cisneros Marroquín (izquierda) y Evelia Aracely González Jiménez, técnicas de Ecolectivos, procesan muestras de orina de participantes en el estudio.
    Rosalbina Cisneros Marroquín (izquierda) y Evelia Aracely González Jiménez, técnicas de Ecolectivos, procesan muestras de orina de participantes en el estudio.

    Una mañana de mayo, Oscar de León, investigador principal de la UVG, se dirigía a reunirse con el personal de campo en la oficina del proyecto en La Fuente, al oeste de Jalapa, cuando vio cómo alguien arrojaba una bolsa desde un “tuk-tuk”, un mototaxi de tres ruedas, que a la vez expulsaba gases de diésel. 

    “Una bolsa de plástico llena de más basura de plástico”, dijo De León, quien está a cargo de la curación de datos, entre otras tareas científicas, para Ecolectivos. “Está justo debajo de nuestra camioneta ahora.”

    La basura de plástico está en todas partes, agregó, bloqueando las calles de Jalapa y amontonada por los caminos de las aldeas remotas en la montaña donde trabaja su equipo.

    El camino hacia la oficina se eleva muy por encima de la ciudad, bordeando asentamientos de casas de bloques de hormigón y techos de lámina ondulada, donde pequeños comercios venden refrescos en botellas de plástico y alimentos en envases de plástico. Nubes de humo de los fogones a leña se elevan desde muchas viviendas, algunas construidas con arcilla extraída de sus propios patios. Mujeres y niños caminan por senderos estrechos, haciendo equilibrio con canastas cargadas de leña sobre sus cabezas, sin protección alguna en el rostro, frente a los vapores penetrantes y agrios del plástico quemado y del humo de la leña.

    Al llegar a la oficina, De León se reúne con dos trabajadores de campo, Abdías Misael Ramírez Méndez y Yosselin Maribel Merlos Mendoza, quienes tienen citas programadas con participantes del proyecto en un pueblo cercano. Aunque Palo Verde está a unos 11 km, se tarda media hora en llegar debido a los caminos de tierra llenos de baches. El equipo estaciona las camionetas frente a unas casas de bloques de hormigón aún sin terminar y sube a pie por un sendero de tierra para encontrarse con Delmy, una joven de 19 años, tímida y de voz suave, que prefirió no revelar su apellido.

    Yosselin Maribel Merlos Mendoza (izquierda) y Abdías Misael Ramírez Méndez, trabajadores de campo de Ecolectivos, se dirigen a la casa de un residente en las montañas de Santa María Xalapán.
    Yosselin Maribel Merlos Mendoza (izquierda) y Abdías Misael Ramírez Méndez, trabajadores de campo de Ecolectivos, se dirigen a la casa de un residente en las montañas de Santa María Xalapán.

    Ramírez y Merlos recogen el sensor de aire de Delmy y la muestra de biomonitoreo. Se turnan para preguntarle sobre sus actividades durante las últimas 24 horas, incluyendo si usó algún material de plástico, qué comió, cómo lo cocinó, si abrió las ventanas mientras cocinaba, si quemó plástico en su estufa y, de ser así, de qué tipo.

    Frente a la casa de Delmy, que comparte con su madre, su hermano y un primo, hay varias cajas de alimentos donados. No está segura de quién las dejó allí. Solo sabe que están llenas de verduras deshidratadas, envasadas en bolsas de plástico.

    Delmy, cuyo cabello largo y negro está recogido en una cola de caballo, no echa plástico al fuego de la cocina porque sabe que el humo es malo para sus pulmones. Pero ella y su madre queman grandes pilas de bolsas de plástico, botellas, ropa y otros desechos una vez a la semana. “No hay otra forma de deshacerse de los residuos”, dijo, por encima del estruendoso canto de los gallos.

    Ramírez y Merlos le agradecen a Delmy su tiempo y se dirigen a la casa de otra participante del estudio, a poca distancia, por un camino accidentado, aun más arriba en la montaña. El equipo desciende por un sendero escarpado hasta la casa de Sandra Mungiya Marcos, una madre de 27 años con tres hijos. 

    Abdías Misael Ramírez Méndez revisa un monitor de uno de los participantes en el estudio de Ecolectivos.
    Abdías Misael Ramírez Méndez revisa un monitor de uno de los participantes en el estudio de Ecolectivos.

    Mungiya, que habla en voz baja y a veces se ríe tímidamente mientras conversa, aceptó con gusto participar en el proyecto tras haber trabajado con Thompson en el ensayo Household Air Pollution Intervention Network (Red de Intervención sobre la Contaminación del Aire en los Hogares, HAPIN). El estudio HAPIN, realizado en Guatemala, India, Perú y Ruanda, evaluó el impacto en la salud de proporcionar una cocina más limpia, alimentada con gas licuado de petróleo, a mujeres embarazadas que cocinaban con leña y otros combustibles de biomasa. Mungiya fue asignada al azar al grupo de control y agradeció haber recibido una mesa en compensación por participar en el estudio.

    La mesa cumple una doble función en esta soleada mañana de primavera. Tras buscar durante varios días un pavo que había desaparecido el Día de la Madre, Mungiya ató al ave fugitiva a una pata de la mesa de su cocina, donde montones de leña se apilan sobre muros bajos de piedra que facilitan el acceso a la ladera.

    Mungiya tiene que cocinar con leña, explicó, porque usar gas para preparar sus alimentos básicos, como el maíz que cuelga de las vigas de su cocina y que luego convertirá en masa para hacer tortillas, resulta demasiado caro. A veces utiliza residuos plásticos para encender el fuego, pero el humo le dificulta la respiración y procura evitarlo.

    El humo de la cocina también hace que a los niños les cueste más respirar cuando están enfermos, dijo Mungiya. Todos tuvieron resfriados y fiebre en abril, contó, algo que parece repetirse cada mes.

    Para Ramírez y Merlos, resulta frustrante decirles a las mujeres que dejen de usar y quemar plástico cuando existen tan pocas alternativas.

    “Todo lo que reciben viene envuelto en plástico y si quieren cambiar eso, les sale más caro”, dijo Ramírez. Saben que existen alternativas y les gustaría utilizarlas, agregó. “Pero sencillamente no pueden pagarlas”.

    Una bolsa de plástico desechada yace junto a la estufa en la casa de Sandra Mungiya Marcos, en las montañas de Santa María Xalapán.
    Una bolsa de plástico desechada yace junto a la estufa en la casa de Sandra Mungiya Marcos, en las montañas de Santa María Xalapán.

    La lucha por el aire limpio

    El camino desde la oficina hasta Los Izotes está pavimentado y cuenta con diversos comercios locales, restaurantes y tiendas de barrio, donde la gente cobra las remesas que envían sus seres queridos que trabajan en Estados Unidos. Más allá de la carretera, en el campo, crecen maíz, duraznos y café. Sin embargo, según comentó De León, cualquier terreno abierto probablemente termine utilizándose para quemar plástico.

    Minutos después, como si estuviera planeado, una bolsa de plástico se eleva desde la carretera como un globo de fiesta que se ha escapado.

    —Aquí no tenemos plantas rodadoras; tenemos bolsas rodadoras —comentó De León con ironía.

    Las camionetas del equipo se desvían hacia un camino de tierra para llegar a la casa de Wendy Hernández, madre de tres hijos y elegida como promotora por sus propios compañeros. Hernández recibió capacitación para enseñar a su comunidad a reciclar y reutilizar el plástico, transformando objetos viejos en proyectos artísticos, en lugar de tirarlos al suelo o arrojarlos al fuego de la estufa. Visitaba más de dos docenas de hogares una vez al mes para compartir lo aprendido, invitar a los vecinos a jornadas de limpieza comunitaria y reforzar hábitos positivos.

    Lisa Thompson se reúne con Wendy Hernández, participante del proyecto Ecolectivos.
    Lisa Thompson se reúne con Wendy Hernández, participante del proyecto Ecolectivos. 

    Participaron hasta 200 personas en las primeras jornadas de limpieza, dijo Hernández, pero después la asistencia se redujo a 50.

    La mayoría de las personas dejó de quemar plástico en la cocina después de enterarse de que era perjudicial, pero todavía lo quema para deshacerse de él, explicó Hernández. “Aquí no pasa nadie a recoger la basura, así que hasta yo quemo plástico afuera”, dijo. “Aunque no lo quemo dentro de la casa”.

    Los problemas respiratorios que sufren los niños cerca de las estufas a leña empeoran cuando se añade plástico al fuego, expresó. Hernández espera que algún día su comunidad pueda respirar aire limpio y que la gente deje de arrojar residuos plásticos cerca de los manantiales. Sin embargo, se necesita más educación y apoyo, afirmó, e interrumpió su relato por un momento cuando el olor característico a plástico quemado entró a su casa.

    Katerine Ramírez, madre de dos hijos y también residente de Los Izotes, hace lo posible por reciclar envases de plástico. Pero suele quemar la basura —incluido el plástico— al menos una vez a la semana.

    “Como el camión de la basura no pasa por aquí, cada quien tiene que ver qué hace con sus propios desechos”, dijo Ramírez.

    Katerine Ramírez, madre de dos hijos que vive en Los Izotes, Guatemala, evita quemar plásticos, pero al carecer del servicio de recolección de basura, tiene pocas alternativas para deshacerse de esos residuos.
    Katerine Ramírez, madre de dos hijos que vive en Los Izotes, Guatemala, evita quemar plásticos, pero al carecer del servicio de recolección de basura, tiene pocas alternativas para deshacerse de esos residuos.

    Por eso, los talleres sobre cómo reducir la quema de plástico fueron una parte tan importante del proyecto. La gente desarrolló estrategias como la limpieza comunitaria y la separación de residuos reciclables vendibles de la basura común. Los residentes de ocho comunidades participantes retiraron más de 4.500 bolsas grandes de basura durante decenas de jornadas de limpieza en el transcurso de dos años, señaló Thompson. El proyecto también organizó eventos para mostrar a los participantes del estudio y a otros habitantes que podían obtener ingresos vendiendo a empresas de reciclaje los materiales —vidrio, metal y plástico— que recolectaban, explicó.

    Incluso los habitantes de las comunidades de control, que no participaron en estrategias para reducir la quema de residuos plásticos, asistieron a un evento comunitario de limpieza y reciclaje.

    Juliana Pérez Aguilar recoge basura en La Fuente, cerca de la oficina de campo, desde 2019. Fue entonces cuando escuchó a Mayari Hengstermann, una antropóloga que junto con Thompson puso en marcha el proyecto Ecolectivos, hablar sobre los daños de quemar plástico y los beneficios del reciclaje.

    Hengstermann dio talleres en La Fuente en 2019 como parte de un estudio de prueba de concepto (un experimento o investigación a pequeña escala). Los resultados sentaron las bases para la elaboración de materiales educativos que posteriormente se utilizaron en las comunidades donde se implementó la intervención de Ecolectivos, comentó Pérez.

    Hengstermann también creó una campaña en GoFundMe para seguir apoyando a la comunidad.

    Pérez contó que ella y su hija, Clara Luce Castrillo Pérez, han seguido reciclando latas de aluminio, vidrio y botellas de plástico desde que asistieron a los talleres. Cuando notaron que se criaban mosquitos en el agua que se acumulaba en los recipientes del reciclaje, sus hijos construyeron un cobertizo para protegerlos de la lluvia.

    Pérez solía vender envases de plástico hechos de tereftalato de polietileno, o PET, hasta que el centro de reciclaje dejó de aceptarlos. 

    Juliana Pérez Aguilar clasifica el vidrio y el plástico que ha ido juntando.
    Juliana Pérez Aguilar clasifica el vidrio y el plástico que ha ido juntando.

    Tras la caída de los precios del petróleo en 2023, producir plástico nuevo resultó más barato que reciclar PET, explicó Hengstermann. Los recicladores locales dejaron de comprar PET durante más de un año y solo unos pocos volvieron a hacerlo, dijo.

    A Pérez le resulta demasiado costoso transportar las botellas de PET montaña abajo, así que ahora opta por quemarlas. Las labores de limpieza de Pérez también se vieron interrumpidas por una nueva política de la administración de Trump, que exigió a las universidades estadounidenses presentar presupuestos separados si colaboraban con entidades extranjeras. Como consecuencia, el equipo de Ecolectivos tuvo que suspender el proyecto durante nueve meses hasta cumplir con los nuevos requisitos normativos, sin poder ayudar en el transporte de basura y materiales reciclables.

    Por lo general, Pérez apenas cubre los gastos cuando vende los materiales recuperados a empresas de reciclaje, pero no lo hace por los ingresos; su objetivo es educar a su comunidad y mantener limpio el medioambiente.

    Pérez y su hija creen que lo que la comunidad realmente necesita es un centro de acopio al que la gente pueda llevar su basura. “Eso ayudaría a que dejaran de quemar plástico”, dijo Castrillo.

    Un líder comunitario local le informó a Hengstermann que están trabajando en la creación de un vertedero local y, posiblemente, de un centro de acopio donde los residentes puedan vender materiales reciclables sin desplazarse hasta Jalapa. “Esto reduciría los costos de transporte y, al mismo tiempo, generaría mayores incentivos para el reciclaje en la comunidad”, afirmó Hengstermann.

    El equipo de Ecolectivos recibió recientemente fondos para realizar un experimento potencialmente revolucionario en la sierra de Xalapán.

    Oscar de León, científico investigador sénior de la Universidad del Valle de Guatemala, supervisa la curación y el análisis de datos, entre otras tareas científicas para Ecolectivos.
    Oscar de León, científico investigador sénior de la Universidad del Valle de Guatemala, supervisa la curación y el análisis de datos, entre otras tareas científicas para Ecolectivos.

    Los investigadores piensan equipar una pequeña cocina en la estación de campo de La Fuente con estufas de inducción eléctrica para comprobar si los participantes locales pueden usarlas para preparar sus comidas. El equipo invitaría a mujeres a cocinar allí, proporcionaría una estufa y tal vez los ingredientes para preparar sus alimentos como normalmente lo hacen, explicó De León. Habrá que ver si las estufas pueden hervir el maíz el tiempo suficiente como para hacer la masa para tortillas, y si contarán con una superficie grande y plana para cocinarlas.

    En estudios anteriores, el equipo demostró que sustituir los fogones de leña a cielo abierto por estufas de gas o por unidades equipadas con chimeneas con salida al exterior puede reducir la contaminación del aire interior. Eliminar por completo la combustión como fuente de calor mediante el uso de cocinas de inducción podría reducir aún más las emisiones, dijo De León. Sin embargo, dado el acceso irregular a las redes eléctricas y las costumbres culinarias comunitarias, “no está claro si esto es viable”, agregó.

    Ramírez, a su vez, dijo que probaría una cocina de inducción. Pero más le gustaría que los productos no estuvieran hechos de plástico, para que la gente no se viera obligada a quemarlos ni a lidiar con montañas de residuos.

    Al día siguiente de que Betty Cruz y sus vecinos de El Duraznal pasaran horas recogiendo basura plástica con gran entusiasmo, De León vio a unos hombres avivando hogueras de basura en la misma zona. Probablemente se trataba de desechos de las jornadas de limpieza comunitaria, comentó. El inconfundible hedor de plástico quemado impregnaba el aire.

    Soila Elizabeth Cruz recoge basura durante un evento de limpieza comunitaria.
    Soila Elizabeth Cruz recoge basura durante un evento de limpieza comunitaria.

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